miércoles 23 de junio de 2010

Habladurías XXXV - LFC [iluminado]

"Si te falla la electricidad, camina hacia la luz"

miércoles 16 de junio de 2010

Cotidiano Apocalipsis

¿Cuánto tiempo pudo haberse ido el filósofo a meditar?

¿De verdad es posible que haya todo un mundo justo detrás del letrero "Desaparezca aquí"?

Levantarme de mi sillón puede llevarme más tiempo de lo que pensé. Morsa ha estado ausente algunos días y la casa está llena de restos de comida de los otros babuinos; no tengo espacio para caminar y ya no sé por dónde empezar a pedirles que limpien su desorden: esta semana les ha dado por hablar en mandarín y no hay manera de hacernos entender.

¿Una hora puede tener mil quinientos minutos antes de hacer sonar las campanas?

Ruego al cielo por lograr concretar el todo. Ruego igual por nunca llegar a nada.

En mi ventana está la respuesta, en los ojos de ti, la pregunta.


Todos los días acaban con una cereza más arriba que la anterior. Es un fin arriba, cada vez más.

Cotidiano, soy.


miércoles 12 de mayo de 2010

Habladurías XXXIV - Filosofía Callejera

-Puta, me cae que hay un montón de cosas que aún no sé... - dijo Sócrates. Le pagó a la mujer y salió del lugar, a meditar.

domingo 2 de mayo de 2010

Anteojos

Decidí salir de allí a toda prisa. Había pasado ya bastante tiempo y no llegaba nadie, ni siquiera tú.

Mientras caminaba por la calle buscando el automóvil pensaba cuántas veces había pasado por algo similar. Salí de casa hace más de 4 horas, conduje por el camino que sale de la ciudad hasta llegar a ese lugar: medio vacío, con muchos muebles viejos y una barra larga color marfil. Como había llegado bastante temprano pedí una cerveza y tarareaba la canción que estaba en el ambiente.

Cuando se espera de esa forma y la gente no aparece, la paciencia se va perdiendo poco a poco hasta que se convierte en una sensación que se parece un poco al odio pero quizá un poco más a las ganas de patearle la cabeza a alguien. Pero dejé en paz eso y seguí tarareando hasta que me terminé mi bebida y sólo me senté ahí, como un zombi.

Elvis se mueve en blanco y negro pidiendo a alguna chica que no conozco que no sea cruel y que no se aleje de él.

¿Cómo puede ser eso posible? ¿Cómo espera que no se aleje de él después de lo que le hizo? Pienso eso y simplemente dejo el vaso, pago el trago y salgo de allí a toda prisa.

Hace muchos años que uso anteojos. Desde muy chico. Al principio no me gustaba usarlos, eran armazones plásticos enormes y hacían ver mi cabeza gigantesca y eso no me gustaba. Pensaba todo el tiempo en lo que los demás niños podrían decir de mí. Ahora eso no me importa, estoy demasiado viejo, o al menos eso pienso, como para estarme preocupando por lo que los demás digan de mis anteojos.

Al salir de nuevo a la carretera conecto el iPod a la radio. Hace tiempo que quiero ponerle una vieja casetera pero no encuentro la manera de hacerlo. Me gusta la idea de escuchar música vieja desde un aparato de la misma antigüedad, ¿han tenido esos momentos en los que no importa que tengan más de 600 discos para elegir no tienen ganas ni ánimo para escuchar absolutamente ninguno? Me pasa eso muy seguido.

Hace varios años que no sé nada de ti, desde el día en que dijiste que venías en camino para visitarme. Siempre tan ocupada. No hay evento que se escape a tu agenda y como nunca me quejo, siempre dejas hasta el último venir a visitarme. Esta mañana cuando llamaste para avisar que por fin estabas en la ciudad y que podías verme te dije que no estaba de acuerdo en ser el comodín de los eventos sociales más importantes del siglo veintiuno. Al parecer no te gustó. No te pareció nada. Me alegro que no hayas llegado a tiempo, por eso me fui justo 15 minutos antes de la hora que dijiste que llegarías. ¿Sabes? Acabo de arrojar mi teléfono por la ventanilla, no quiero que las cinco letras que componen mi nombre vuelvan a escribirse y luego tacharse y volverse a redactar en tu pequeño aparato que también reproduce canciones. No más.

ZZ Top está sonando y yo me miro en el espejo retrovisor. Llevo la barba crecida de un par de semanas –Quisiera tenerla un día tan larga como esos tres – pienso, y cambio la velocidad para cambiar de carril. Muevo la cabeza al compás de la música y poco a poco te voy olvidando.
Me detengo al llegar a un cruce poco antes de entrar al fraccionamiento donde vivo, a mi alrededor hay muchos conductores que miran hacia todos lados dando la impresión de que los que estamos cerca somos fantasmas. Manoseo el iPod y pongo un disco de Queen, comienzo a tararear “I want to break free” y me río. Me miro al retrovisor otra vez y mi expresión ha cambiado, ahora estoy radiante y sumamente contento; el cabello me cubre la parte derecha del rostro hasta la boca. Tengo una sonrisa un poco malévola, como cuando has llegado a concretar un plan excelente, un camino que no puede fallar.

Oh how I want to be free baby

Antes de acelerar, al ponerse el semáforo en verde, volteo la cabeza hacía mi derecha donde veo un letrero que no recordaba haber visto antes. Al leerlo sentí como si el tiempo se detuviera y me sentí totalmente satisfecho, podía haber dado vuelta en otro lugar y simplemente tomar un camino diferente pero no lo hice. Sonreí de nuevo.

El letrero decía: "Desaparezca aquí". Yo lo miré por encima de mis anteojos y sonriendo, desaparecí.


viernes 23 de abril de 2010

Las Páginas

De noche, los babuinos no suelen congregarse a tomar té.

Hace mucho, cuando aún no terminaba a Robot, solía congregar a muchos buenos amigos en casa. Estar solo no es algo que se me de con facilidad así que procuro tener la casa llena de gente viva, o al menos que lo aparente de alguna manera.

¿Han leído un libro sin cambiar de página?

Como si de mirarlo te llenaras de ideas, frases, metáforas y explicaciones que pareciera que sólo son de utilidad para el que las redactó. Lo miras y la cabeza recibe como de golpe, como un ladrillo que llega de improviso a darte entre los ojos, un montón de imágenes, colores, rostros desconocidos y muchos pares de ojos que podrías asegurar haber visto muchas veces antes pero que sin embargo no puedes recordarlo.

Me pregunto dónde estará Morsa.

Alrededor de la mesa se han acomodado todos aquellos nombres que han estado en mis ojos.

Por la ventana se oye el viento silbar. Las ramas del árbol cercano se mueven como siguiendo los riffs de una guitarra poderosa. Veo pasar a mi héroe, siempre voltea con una sonrisa y levanta la mano mostrando la V de victoria. Cruzando la calle está la rubia a la cual aún no me atrevo a saludar. Ya pronto, sí.

A la cabeza de la mesa se sienta Jack, sereno. Enciende un cigarro y nos mira a todos. Va y viene de este mundo, se sirve un vaso con vino. A su derecha está José, siempre hablando como en otra lengua, otra lengua que se antoja ininteligible pero que llena de orgullo escuchar. Conversa sin parar, no alcanzo a entender cómo logra respirar; hace esto y, mientras nos esforzamos por comprender, se adueña de toda la ensalada.

Yo converso con el hombre de los ojos rasgados. Muchas historias. En todas hay una chica que es demasiado lista para cualquiera y sin embargo, tan sólo de escucharlo ya busco la oportunidad de pedirle que la traiga consigo en su próxima visita. Después de todo, no soy tan listo; o podría intentarlo.

Despampanante consecución de fonemas con molde redondito y voz aguardentosa... a veces.

Quiero concentrarme en visualizar cada letra de cada palabra que decimos en esa mesa. Ilustrar cada una con un color distinto y enviarlas al futuro para que cuando llegue y las alcance pueda re ordenar el tiempo que hasta el momento, ha corrido en reversa.

Trucos de magia sin sentido. No hay pañuelos que salgan de bolsillos sin fondo ni tampoco cartas que dejen de ser reyes de picas por cada ángulo que intentes verlas.

Mientras hablamos, imagino cómo construir. Como cruzar grandes espacios de tierra y agua para llegar a ese piso y asomarme a tu ventana justo a la hora que debería oscurecer y sin embargo brilla el sol.

Parpadeo y al voltear ahí está esa pequeña rubia de casi 17 que con su mirada es capaz de desatar una guerra entre más de 3. Con su vestido a la moda y los labios bien pintados de carmesí. Ella nos guiña el ojo y sigue su camino; sé que pronto la volveré a ver.

Me escucho una y otra vez. Parece haber sido hace siglos pero sé con seguridad que se trata de mí.

De pronto todo está en silencio.

Todos están absortos en su comida.

Me veo de cerca, con el tenedor en la mano y la mirada al frente. Sonrío mientras mastico un buen bocado.

Me levanto y, orgulloso, volteo la página.


¿Dónde podrá estar Morsa?

miércoles 14 de abril de 2010

El Sillón

Y desde ese día, no he vuelto a ver al tal Robot.

Algunas mañanas, cuando los babuinos no madrugan y me despiertan con alaridos, gritos y múltiples aseveraciones sobre la física cuántica aplicada a los bananos suelo quedarme en la cama, mirando al techo, al cielo, a la ventana o añorando lograr tocar mis pies con los ojos.

- ¿Desayuno? - dijo Morsa, desde afuera.

Me levanto amodorrado. ¿Qué más puedo hacer? He estado 18 horas tendido, a veces con los ojos cerrados, a veces abiertos.

- Desayuno - confirmo.

¿Alguna vez se han preguntado cuántas veces puede uno vivir el mismo recuerdo sin pensar que se ha vuelto loco?

No encuentro forma de contabilizar las ocasiones.

Morsa se sienta a la mesa, se quita su sombrero a la Dick Tracy y acomoda las bananas frente a él. Miro a la ventana y ahí estoy de nuevo, levantándome.

Cabello poco plateado, sólo un poco. Piernas delgadas y barba poblada. Mil veces. Miro y ahí esta: sentado en su sillón, con la vista en la ventana. Desde aquí puedo aventurarme a asegurar que ese hombre está contento y lo está, eso queda claro por su expresión. El asunto de perder un amigo, un amigo que en su indescrifrable espiral decidió que sus pies y sus circuitos le tendrían que llevar a alguna parte fuera de allí no es algo fácil, supongo. Sabes que está pero al mismo tiempo no lo está. O ni lo sabes.

Se levanta del sillón apoyando sus manos en las piernas, se acomoda la camisa y echa su cabello hacia atrás del cuello en una actitud más bien soberbia. Me da risa. En un gesto que se antoja casi imperceptible, voltea hacia nuestra posición, Morsa disimula una risa como quien sabe lo que a continuación viene en la narración; misterioso homínido con sombrero. El hombre guiña un ojo; da tres pasos y se apoya en la ventana.

Y ahí está. Como siempre, en su sillón.

miércoles 31 de marzo de 2010

Habladurías XXXIII - Realidad

“Prefiero una áspera realidad que vivir entre almohadones de plumas perfumados. Dame eso ... y me tendrás toda la vida.”



Fragmento de "From Hell", por Susi.pop

domingo 28 de marzo de 2010

Señales del cambio

Metrobús Incluyente

Los que calzamos grande también tenemos derechos


Por una ciudadanía educada. El Libro Vakero

jueves 25 de marzo de 2010

Habladurías XXXII - Excentricismo Higiénico

"Si me chupo el dedo es por Cochino, no por Pendejo"

domingo 21 de marzo de 2010

El Asesino Perfecto*

Querida mía:

Bajo la Luna azul te vi por primera vez. Hablamos tanto que pensé que había pasado una eternidad. Naufragué en tus ojos. Me rescató tu sonrisa.

Aquel día, estabas de pie sobre ese muelle. Una noche iluminada donde tu vestido rojo deslumbraba inmisericorde. Quieta. Podría haber jurado que ni siquiera respirabas. Yo pasaba desde lejos y posé los ojos por la orilla del mar buscando una estrella. Evidentemente no la encontré; mi vista se distrajo con la enorme y redonda luna que iluminaba la bahía. Después, sin pensar, estaban fijos en tus ojos, tan lejanos. Un par de lagunas verde aceituna que también me miraban fijamente, casi como si estuviera hipnotizado. Detuve mi auto. No podría seguir acelerando sin antes detenerme y salir para caminar lentamente por las vigas de madera en busca de cerciorarme que eso que me congeló fuera realmente un ser vivo.

¿Recuerdas cuando recién nos casamos? Esa semana que no paramos de mirarnos fijamente. Estabas como en una especie de trance. Yo, en consecuencia, también lo estuve. Fue una lástima cuando, tiempo después, supe que tu trance no era por lo mismo que el mío. Pero aún así disfruté cada minuto que estuve a tu lado. Siempre con esa mirada que podría ser capaz de asesinar a alguien sin decir una palabra. Tus labios gruesos que torcías maquiavélicamente cuando inclinabas la boca a la izquierda a la hora de sonreírme. Cada día y cada noche podría haber jurado que, después de hacer el amor, con esa mirada profunda clavada en mi cuerpo y después en mis ojos, ibas a perforarme el corazón hasta no dejar una sola gota de sangre en mi cuerpo.

Ese terror, y por favor considera que estoy siendo muy sincero, me carcomía la vida a cada minuto. Créeme, tu manera de amar no era nada parecido a lo que ningún hombre vivo haya tenido. Fuiste aterradora. Poseías ese don de congelar sin decir una sola palabra, y sin embargo, te deseaba como un animal. De hecho, no recuerdo que hayamos hablado mucho desde aquella noche bajo la luna. Era como si, en ese momento, hubieses dicho absolutamente todo lo que necesitaba oír de ti. O al menos lo que tú creías que necesitaba oír.

Alicia, ¿quién eres? ¿Cómo lograste vivir tantos días junto a mí, mirando la forma en que poco a poco me desquiciaba? Cada minuto perdía parte de mi cordura. Como si en ese proceso obtuvieras la llave hacía una vida eterna que sólo era posible en tu torcida imaginación. Tan dulcemente egoísta. ¿Cómo pude permitir que absorbieras mi energía como si, hambrienta, te abalanzaras sobre mi cuello? Sentía la locura tragarme, sin piedad, desde mis pies hasta la punta de mi cabello. Y tú, tú siempre apacible, ahí de pie. Siempre de pie. Inexpresiva. Excepto por esa sonrisa. ¡Maldita sea tu sonrisa, Alicia! Al mismo tiempo que me orilló a ir por ti bajo el azul de la luna, a amarte desde el primer segundo, a tenerte como compañera “hasta que la muerte nos separe”; así también, me llevó a implorar el final. No quiero volver a verte sonreír.


Hace tres noches, sentado en una mesa frente al escenario decidí que debía hacerlo. Nunca deberás dudar del amor que te demostré todos estos años. No. Inclusive cuando supe de ese incidente en tu juventud, de tu confuso pasado. No me importa que hayas estado muerta por unos minutos. Que en tu sueño mortal hayas sido una Reina y visto cosas que a la fecha no comprendo. En tus ojos siempre veré tu capacidad de tomar mi imaginación y hacerla escurrir entre paisajes coloridos y vacíos de cordura.

Esa noche, Alicia, decidí que no podía más.

Para el momento que leas esta carta estaré a punto de llegar. No trates de detenerme. Si es que en ese desierto que hay en tu corazón aún existe un poco de amor por mí como el que vivimos por unos minutos en el muelle hace tantos años, por favor, no hagas nada. No te resistas. Déjame estrecharte y liberarme de la locura que me heredaste con tu mirada.

Por siempre tuyo, O.




Al regresar a casa, me acerqué a mi mujer, sonriente. Ella, preocupada, me abrazó envuelta en llanto. La tomé entre mis brazos, la besé tiernamente en los labios y, al mismo tiempo, hundí una daga en su espalda.

- Amor y muerte, Alicia – le dije suave al oído mientras la luz de sus ojos se extinguía desde adentro- Amor y Muerte. Las dos al mismo tiempo: como nosotros.



Aún veo su sonrisa cuando me miro al espejo.



*Cuento publicado en la Antología "¿Amor?" publicada por Ediciones Shamra, febrero 2010.

jueves 18 de marzo de 2010

¿De mi?

Es una tentación enorme para quien usa parte de su tiempo hurgando en la profundidad de la imaginación el soltar una perorata rebuscada sobre sí mismo; es inclusive, normal que de vez en vez use la tercera persona en símbolo inequívoco de megalomanía casera y búsqueda de cierta admiración ajena. Una tentación que hoy, rompo.

¿Qué decir de mi? Nada.

¿Qué sentido tiene desperdiciar caracteres en algo que sé. En algo que conozco?

No es necesario, a mi entender actual, desalojar una camada de párrafos en letra molde con el fin de describir mi propia persona, enumerar sueños, adjetivar cualidades que muy probablemente se vean muy bonitas envueltas en fonemas. Vamos, es filosofía barata con letras caras.

¿Palabras? No necesito.

Acciones, ofrezco.

Tres Décadas.
Un Nombre.
Una Historia.

Un Hoy.

¿Hablar de mi? No: actuar.

Soy su fan.

jueves 11 de marzo de 2010

Habladurías XXXI - Evangelio Galáctico

Tomando el sable laser, Jesús dijo: Lucas, Soy tu Padre.